Lo hemos oído todos: el capitalismo es inherentemente inestable porque necesita crecer constantemente, esto no puede durar para siempre. Te lo puede haber dicho una marxista de la vieja escuela tomando una cerveza, un anarquista en un piso ocupado, una ecologista mientras trabajáis en el huerto. Es una idea que a muchos nos resulta más o menos intuitiva, quizá porque tiene cierto reflejo en una realidad que conocemos bien: el maldito producto interior bruto. El PIB nacional mide, en teoría, el precio de mercado de todos los bienes y servicios producidos en un país. Mida o no realmente eso (y es en gran parte un mito, lo que mide realmente es la capacidad de un páis de apropiarse del valor de la producción mundial), lo que es casi indiscutible es que se usa como medidor de la capacidad de crecimiento de una economía. Un crecimiento que a todas horas nos repiten que es bueno, y necesario. Queremos crecer. Vaya si queremos. Valores cercanos a un crecimiento del 10% anual, como hace China en sus mejores momentos, y serás la envidia del mundo. Un 3% es razonablemente saludable. Menos de eso, y empiezan a sonar algunas alarmas. Un 0% es prácticamente catastrófico, cerrarán empresas y mucha gente perderá su empleo. Números negativos, y sálvese quien pueda.
Nuestra dependencia del crecimiento de la economía es un hecho naturalizado, en el que no pensamos demasiado, pero si realmente nos paramos a pensar en el tema nos puede entrar vértigo: ¿cómo es posible que el sistema necesite crecer todo el rato? ¿no es obvio que en algún momento tendrá que parar? ¿a quién se le ocurrió montar algo así? ¿necesita realmente crecer sin parar? La última pregunta es, en cierto modo, la más importante. Importante porque una cosa es que el capitalismo haya crecido sin parar hasta ahora, y otra que necesite hacer eso para existir, para ser capitalismo. ¿No podemos tener un capitalismo de crecimiento cero? ¿No tenemos ya suficiente? ¿Por qué no paramos y lo repartimos todo mejor, sin acabar con el capitalismo? Si no hay ninguna razón inherente a la propia lógica del capital que nos obligue a crecer sin parar se abre la puerta a una reforma política, consciente, que cree un capitalismo con rostro humano. Más respetuoso con el medioambiente. Con los seres humanos. Que nos permita vivir más despacio, deshacernos del nuevo Dios que nos vigila, el PIB, que reclama crecimiento sin fin.
La respuesta es que no, esto no es posible. Las leyes fundamentales del capitalismo, las que lo hacen ser lo que es, resultan inevitablemente en la necesidad constante de acumular, de crecer. Hay muchas formas de explicar esto, unas más complicadas que otras, pero voy a utilizar una que considero la más intuitiva, auque esté relativamente simplificada.
Una de las características básicas del capitalismo es que un grupo relativamente reducido de personas controlan la mayor parte del capital, mientras que el resto poseen nada o muy poco. Para que exista actividad económica, para que podamos vivir, el primer grupo de personas tienen que poner su capital a funcionar. Deben invertir porque el funcionamiento de la economía, la fabricación de mercancias, el pago de sueldos, funciona en última instancia gracias a que esas personas dueñas del capital (ya sea en forma de dinero o en forma de medios de producción) aceptan ponerlo en marcha esperando cierto resultado. Si un capitalista decide cerrar sus empresas y congelar su dinero en el banco no pasaría gran cosa, pero si lo hiciesen todos a la vez el mundo se pararía en seco. Quizá ellos se pudiesen retirar a sus mansiones, con grandes reservas de productos de primera necesidad en sus cajas fuertes, pero la inmensa mayoría que no poseen nada más que su capacidad de trabajar no tardarían en verse al borde del abismo. Por lo tanto una sociedad construida sobre el modo capitalista de producción necesita un flujo constante de capital en movimiento, de inversión.
¿Qué motiva a alguien a invertir su dinero? Hagamos un experimento mental. Supongamos que tú tienes 1000€, y yo no tengo nada. Me hacen falta para algo, pero no nos conocemos en absoluto. ¿Me los prestarías si prometo devolverte esos mismos 1000€ al cabo de 1 año? Seguramente no, ¿por qué ibas a hacerlo? Arriesgas perder el dinero, y en el mejor de los casos recuperarás lo mismo que ya tenías antes. Es más seguro dejarlos en el banco, o debajo del colchón. ¿Qué pasa, sin embargo, si prometo devolverte tus 1000€ más otros 100? Bueno, la cosa ya cambia. Puede que todavía te niegues, dependiendo de la confianza que tengas en mí, pero ahora existe una motivación para poner tu dinero en movimiento, sobre todo si no lo necesitas de inmediato. Esto es generalizable del siguiente modo: salvando casos particulares de amistad, relación familiar, u otras causas nobles, nadie en principio arriesgará su capital si no espera obtener un beneficio por ello. Un retorno de inversión. La expectativa generalizada de obtener más dinero del inicialmente invertido es, por lo tanto, parte fundamental de que exista ese movimiento de capital necesario para que el capitalismo funcione.
Pero un momento, puede decir el amigo al que estás aburriendo en el bar con esto, ¿has demostrado algo? ¿no es posible que yo te devuelva 1100€, pero que otra persona haya perdido 100€ en otro lugar? ¿que unos ganen y otros pierdan sin que realmente haya habido un crecimiento? ¡Efectivamente! Que tú puedas devolverme más dinero no implica necesariamente que se haya generado más riqueza, simplemente puede haber habido una redistribución del total a mi favor. ¿Pero sería esto un capitalismo viable? Creo que una forma de ver que no lo sería es imaginar que entonces el capitalismo se convierte en una especie de partida de póker: hay un número fijo de fichas, y un proceso más o menos complejo mediante el cual unos van ganando y otros van perdiendo. Si jugamos suficiente, al final quedarán unos pocos, o incluso una sola persona, con todas las fichas. En ese momento pierde el sentido jugar (invertir), y el juego se acaba. La alternativa, claro, es que el propio proceso de jugar vaya creando fichas, que se redistribuyan entre los jugadores. Aunque los que ganen reciban más que el resto, incluso mucho más, se mantiene la posibilidad de que el juego siga adelante siempre que seamos capaces de generar nuevas fichas. Si no hay nuevas fichas, si no hay crecimiento, no hay juego, no hay economía, y colapsa el mecanismo de reproducción de la sociedad en el que vivimos.
No puede existir, por tanto, un capitalismo que no crezca. Necesita una inversión constante de capital y un retorno positivo de dicha inversión para existir. Esto sólo es posible con un crecimiento constante de la riqueza, algo que los gestores, políticos y comentaristas entienden muy bien. Quizá no con su cerebro, pero sí con sus entrañas. No habrá crecimiento cero, no habrá decrecimiento, no habrá racionalidad, mientras sigamos siendo esclavos de la acumulación de capital. Asfaltaremos hasta el último centímetro cuadrado, talaremos hasta la última selva, cerraremos hasta el último hospital para salvar al último banco. Socialismo (el fin del capitalismo) o muerte, como decía Hugo Chávez. Pero no la muerte de un individuo, de un país, sino la muerte de la humanidad, del planeta, consumido por un monstruo que sólo aspira a devorarnos a todos.